El Medio Natural

El medio natural
Un relieve elaborado por el agua
Un clima oceánico templado
    Precipitaciones y temperaturas
El espacio vegetal
    Formaciones vegetales
    Los usos tradicionales del monte




Picones
de Sopeña

 


El Medio Natural

Son dos los paisajes o ambientes que se pueden distinguir en la comarca del Pisueña. El primero se corresponde con la extensa vega fluvial, virtualmente llana, que se extiende por el curso bajo del río Pisueña, donde el cauce se orienta en dirección Este-Oeste. En esta zona se asientan los municipios de Penagos, Castañeda y Cayón.

El segundo queda definido por el conjunto de elevaciones, laderas, y pequeños valles laterales que forman la cuenca alta del río Pisueña y que convergen en el cauce principal que recorre también una vega sensiblemente llana, pero de menor anchura que la anterior. En este tramo, el río recorre de Sur a Norte los municipios de Selaya, Villacarriedo, Villafufre y Saro.

La comarca presenta por el Sur un arco montañoso de altitudes moderadas, con el máximo en los 1200 metros de los Picones de Sopeña, en el contacto con la cordillera. Progresivamente los relieves van perdiendo altura hacia el Norte, Coterotejo 1051 metros, Pico Tablao 845; hasta que alcanzan la sierra de Caballar (658 m), alineada perpendicularmente a las anteriores. A partir de aquí, se abren los valles de Castañeda, Cayón y Penagos, que están limitados por el Norte por las sierras prelitorales de Monte Carceña (276 m.), y Cabarga (579 m.). Los fondos de valle, se sitúan entre los 230 m de Selaya y los 60 m de Castañeda, lo que arroja unos desniveles máximos apreciables, de más de 700 m. en la cabecera.

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En primer plano la terraza fluvial del Pisueña. El fondo del valle aparece cubierto por una tenue neblina de inversión térmica.

 

 



Caballar desde el hayedo de Esles

 


Un relieve elaborado por el agua

Salvo en la zona alta de la comarca, donde el contacto con la cordillera hace de los Picones de Sopeña verdaderas murallas de notable pendiente, el relieve está dominado en general por formas suaves: colinas, extensas vegas sobre fondos planos, laderas de suave pendiente tapizadas de prados... En el conjunto de la región, la presencia del agua como elemento modelador del paisaje es manifiesta.

En las zonas altas, las abundantes lluvias ponen a disposición de ríos y arroyos caudal suficiente para formar torrentes permanentes o intermitentes que pueden incidir sobre sus cauces y profundizar las vaguadas por las que discurren poniendo en movimiento los materiales disponibles en el cauce. El arroyo Campillo, el río de Llerana, el río de Rubionzo, o los arroyos que forman el curso alto del Pisueña se comportan de esta manera. Pronto alcanzan el fondo de valle, y comienzan a depositar los materiales que arrastran. Son visibles las terrazas fluviales que ha depositado el Pisueña entre Selaya y Villacarriedo y en Castañeda, con gran desarrollo en el primer caso, pues se alcanza un desnivel de unos setenta metros sobre el actual fondo de valle. Retazos de menor dimensión encontramos en Totero, Llerana y Saro.

Los amplios fondos de valle, las vegas, son también de origen fluvial, extensas llanuras que deben su fertilidad en buena parte a la frecuencia con que se encharcan o inundan como la Mies de Perejil entre Bárcena de Carriedo y Saro, la de Vega de Villafufre, la vega de Cayón o la de Castañeda. Entre la vega de Villafufre y la de Cayón, surge la Sierra del Caballar, una elevación de unos 600 metros de altitud que rompe la continuidad del fondo del valle y obliga al río a tallar en la sierra una estrecha hoz por donde se abre paso hacia su curso bajo.

La red hidrográfica, protagonista en la elaboración de las formas del relieve y de los rasgos dominantes del paisaje, ha modelado el terreno de acuerdo con la dureza o resistencia a la erosión de las rocas sobre las que discurre.

El marco tectónico sobre el que ha actuado la red hidrográfica, es decir el conjunto de pliegues y fracturas geológicas que ordenan el relieve, se formó con la Cordillera Cantábrica, en la fase Pirenaica de la Orogenia Alpina, hace unos 30 millones de años. En aquella época geológica este territorio estaba bajo el mar, a poca profundidad y cerca de la costa. Las fuerzas que plegaron la cordillera levantaron la región y dejaron su huella en forma de fracturas y pliegues alineados principalmente en dirección Oeste-Este, paralelos a la cordillera y a la costa.

Las rocas que forman el sustrato son relativamente variadas en edad y en composición, y se disponen de una forma peculiar en la comarca. Mientras que el tercio Sur y el tercio Norte están ocupados por rocas del Cretácico Inferior (areniscas, calizas arenosas y conglomerados principalmente), en el tercio central aparecen materiales mucho más antiguos ordenados en torno a la sierra de Caballar. El conjunto está constituido por rocas que se fechan desde el Triásico al Jurásico, y así aparecen en esta área elevada del centro de la comarca, las rocas más antiguas de la zona, que simultáneamente introducen un hiato en la distribución de las características litológicas que constituyen el Norte y el Sur de la comarca. Internamente, la sierra de Caballar queda organizada por areniscas, conglomerados, y distintos tipos de calizas, que construyen las zonas altas, mientras los materiales más blandos como ofitas o arcillas aparecen en las laderas. En las zonas bajas de fondo de valle aparecen yesos, sales y otros materiales solubles y plásticos que favorecen la extensión de los fondos de valle.


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Cúmulos de primavera sobre los picones de Sopeña.

 


Un clima oceánico templado

Los elementos que determinan el carácter húmedo y templado de la región son la proximidad al mar y la disposición de los relieves de la cordillera, que junto con la variedad de altitudes que recorren la región, dibujan un conjunto variado de características climáticas y aunque no se puede hablar de grandes diferencias sí de una degradación de las condiciones del clima oceánico costero hacia el interior de la región, acentuada con el aumento de altitud que se experimenta en las áreas montañosas.

Como es propio de su posición latitudinal, sobre los 42 grados de latitud Norte, los vientos que dominan provienen del Oeste. Son éstos los que soplan con más fuerza y mayor frecuencia, acompañando a las principales borrascas y anticiclones que afectan a la región y configuran su clima. Las borrascas del Atlántico Norte, formadas en Islandia o Canadá atraviesan el océano y llegan con vientos húmedos y tiempo lluvioso. Las que circulan por el Ártico y se descuelgan hacia nosotros desde el Norte traen el frío y la nieve del invierno. Las que alcanzan latitudes cercanas a la de la región desencadenan, previamente a su paso, los fuertes vendavales del Sur, muy característicos de la región y que inciden particularmente en repentinos aumentos de temperatura, en la desecación del suelo y del ambiente, y en la fusión de la nieve si se producen durante el invierno. El anticiclón de Azores, que estabiliza la atmósfera, nos deja en unas ocasiones cielo gris y lloviznas y otras veces, espléndidos días de sol con suaves brisas. Del Este llegan los aires del anticiclón europeo, que en invierno se extiende desde Siberia y son responsables de episodios de frío intenso con heladas nocturnas, mientras que en verano limpian el cielo de nubes, y acompañan los días más limpios y luminosos, aunque siempre con carácter fresco y seco.

El Cantábrico es un mar relativamente cerrado, cuyas aguas y costas resultan atemperadas por la corriente oceánica cálida proveniente del Golfo de México, con lo que se templa el ambiente y evita que la oscilación de la temperatura entre el día y la noche, e incluso a lo largo del año, sea grande. Las temperaturas medias del mes más cálido, Agosto, y el más frío, Enero, oscilan entre 18,5 y 7,5 ºC en el fondo de los valles interiores de Villafufre o Carriedo, y entre 19,5 y 9,5 ºC del fondo de valle de Castañeda o Penagos.

La disposición del relieve y la topografía ejerce una acción directa como barrera ante los vientos, que se manifiesta tanto en las zonas enfrentadas a ellos, donde se observan incrementos apreciables de lluvia, como en las zonas que quedan resguardadas respecto de ellos. Los que llegan desde el mar son retenidos y forzados a desprenderse de su carga de humedad.

Los que llegan de la meseta, desbordan la cordillera y recorren los valles interiores descendiendo a gran velocidad secos y turbulentos. Además, la variedad de orientaciones influye en la distribución de la insolación que alcanza el suelo, determinando solanas y umbrías.



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El manto nival cubre con frecuencia las zonas altas del valle.

 


Precipitaciones y temperaturas

La lluvia caída en la región se distribuye entre 1300 y 1800 mm anuales, de Norte a Sur, localizándose la zona más lluviosa al Sur, en los relieves que cierran el valle del Pisueña, próximos a su nacimiento y que forman un anfiteatro opuesto a los vientos dominantes. Aunque se distribuye a lo largo de todo el año, no lo hace de forma uniforme. Los meses más lluviosos se extienden entre Octubre y Abril, y entre ellos Noviembre, Diciembre y Abril arrojan las cantidades máximas. En los meses de Junio a Septiembre, la lluvia caída disminuye notablemente, destacando Julio como el mes menos lluvioso, por debajo de 60 mm en toda la comarca.

En invierno, la nieve aparece por encima de 1000 metros con cierta frecuencia, pero sólo 1 o 2 días al año alcanza el valle bajo del Pisueña, por 4 ó 5 días en Selaya o Villacarriedo. De todas formas la nieve no permanece mucho tiempo por debajo de 1000 metros por acción del viento Sur unas veces, y por las suaves temperaturas generales del invierno en otras ocasiones.

Por efecto de la altitud, de la disposición del relieve, y de la proximidad al mar, la temperatura es la característica que más varía dentro de la comarca. No obstante los valores térmicos son para todo el año y en el conjunto de la región muy atemperados: no existen fríos intensos ni rigurosas canículas, las temperaturas medias anuales oscilan entre los 14 y los 12,5 grados centígrados. Refiriéndonos en exclusiva a las localidades del fondo de valle podemos acotar algo más la descripción. En el área de Penagos- Castañeda, sólo los tres meses de invierno desciende la temperatura media ligeramente por debajo de 10º, mientras que al Sur de la sierra de Caballar el invierno parece prolongarse hasta el mes de Marzo, con temperaturas medias que bajan por debajo de 8ºC sólo en el mes de Enero. Aún en este mes, el más frío del año, el ambiente no resulta demasiado frío porque la temperatura media de las máximas supera los 12ºC, y la de las mínimas no baja de 3º C. Pueden producirse heladas nocturnas entre los meses de Noviembre y Abril, aunque no superan en conjunto los 30 días, y en su mayoría los termómetros bajan muy pocos grados por debajo de cero.

En verano, las temperaturas se mantienen agradables con mínimas por encima de 10 ó 12 grados, y máximas entre los 20 y 25º aunque entre los meses de Junio y Septiembre siempre habrá algún día que supere los 30 ºC de máxima.


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El período de foliación del hayal de Aloños ofrece un matiz cromático característico.

 


El espacio vegetal

La comarca del Pisueña se caracteriza por una cubierta vegetal típicamente atlántica, con predominio de especies bien adaptadas a un clima húmedo y templado y a unas condiciones edáficas generalmente favorables. Las formaciones boscosas más características de la comarca están compuestas por especies planocaducifolias, que se caracterizan por la pérdida de la hoja durante el otoño a efectos de soportar sin dificultad los rigores invernales. De esta manera la actividad de cada árbol se ralentiza en la estación fría, y en cada primavera desarrollan los órganos reproductores y los tejidos de asimilación. Hablaremos por tanto de bosques mixtos, robledales, hayedos, y bosques de ribera.

Además, otro tipo de bosque tiene cabida en la comarca, los encinares calcáreos. Se trata de un bosque esclerófilo, o lo que es lo mismo, caracterizado por la adaptación de las hojas a condiciones de aridez edáfica.


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Detalle del espino albar (Crataegus monogyna)

 

 

 



Detalle la hoja y el fruto de La Cajiga, (Quercus robur).

 

 



Robledal de Zarrizuela. Llerana de Saro.

 

 



Detalle de fruto y hoja del haya, (Fagus sylvatica).

 

 



Las primeras hojas de la primavera vistiendo un conjunto de hayas jóvenes.

 

 

 



Encinas sobre los materiales calcáreos de Cabárceno.

 

 



Detalle del Sauce. (Salís.sppl)

 

 



Detalle del aliso. (Alnus glutinosa).

 

 




Bosque de galería en las márgenes del río Llerana

 

 



Pradera de siega. Castañeda.

 

 



Ganado pastando en San Martín de Villafufre.

 


Formaciones vegetales

Bosque mixto de Frondosas
El bosque mixto de frondosas constituye la formación mejor adaptada en zonas, como la comarca del Pisueña, carentes de una acusada sequía estival, sobre suelos ricos y profundos. En condiciones de equilibrio se localizan en zonas de débil pendiente del piso colino, y se caracterizan por la riqueza de especies, arbóreas y arbustivas, que comparten el espacio. No es difícil superar la docena: robles, fresnos, tilos, hayas y castaños son los más habituales, junto a ellos, abedules, alisos, sauces, olmos, laureles, acebos, avellanos, espinos, tejos, serbales, o distintos tipos de rosáceas, conforman un biotopo singular, con bastantes exigencias hídricas y edáficas.

Su situación en áreas de clima suave y húmedo, con inviernos no excesivamente fríos, y con suelos y topografía favorables, ha determinado una competencia con los prados de siega, que generalmente se ha saldado en contra del bosque, y la comarca, dado su dominante ganadero, no ha sido una excepción.

Hoy, muchos rodales, o líneas de vegetación diversa en torno a las lindes de las fincas, constituyen la muestra de lo que antaño fueran buenas representaciones de este tipo de bosques. Las masas más densas en la actualidad, se adaptan a zonas de mayor pendiente que no han sido convertidas en praderas de pasto. Encontramos bosquetes mixtos en Vega de Villafufre, en el Monte Corona, en Argomilla de Cayón, o en Pisueña. El ejemplo mejor conservado, y de mayor extensión en la comarca, lo encontramos en Selaya, entre los pequeños valles de Campillo y Bustantegua.

El resto de las formaciones presentes en la comarca, excepción hecha de las que acompañan los cursos fluviales, tienen un carácter monoespecífico.

El Robledal
El robledal de Quercus robur, se asienta en las zonas basales de la cordillera cantábrica hace aproximadamente 4500 años. En toda la región, como sucedió con los hayedos, muchos robledales fueron conceptuados en siglos pasados como montes de la Marina, y explotados intensamente en favor del interés estratégico-militar. Cuando no fue así, aún tuvieron que librar la batalla de la utilización de los espacios de bosque como pastizales. A pesar de que su reducción ha sido generalizada todavía se encuentran retazos de robledales en buen estado de conservación.

En la comarca predominan los robledales de Quercus robur, o cagiga, que se diferencia del roble albar por presentar hojas sentadas, y frutos pedunculados, frente a las hojas pecioladas y los frutos sentados de este último. Se trata de un árbol longevo, de gran porte, copa ancha y redondeada, con ramas muy extendidas. Es una especie que soporta mejor condiciones de cierta aridez o de mayor insolación que otras especies del bosque atlántico como el haya. Se adapta a condiciones de humedad extremas, pues aparece también en suelos mal drenados, donde dispone de agua sobreabundante.

Tienen además menos exigencias en nutrientes que hayedos o bosques mixtos y su adaptabilidad a suelos ácidos permite que su cortejo florístico sea mayor, en el se dan cita numerosas especies entre las que destacan el laurel (Laurus nobilis), el espino albar (Crataegus monogyna), el acebo (Ilex aquifolium), el arraclán (Frangula alnus), y el endrino (Prunus spinosa). Aunque el estrato arbóreo es generalmente monoespecífico, en ocasiones pueden aparecer algunos ejemplares de fresno o tilo.

Valvanuz, Zarrizuela, entre Llerana y Abionzo, y La Busta en el entorno de Llanos, son los robledales mejor conservados de la comarca. Formando rodales pueden contemplarse ejemplares de gran porte en La Rozada en las inmediaciones de Tezanos, en Bustantegua, o en el ferial de Sarón, donde tenía lugar la antigua feria de ganado, hoy convertido en parque.

El Hayedo
El haya (Fagus sylvatica), por su capacidad para generar sus propias condiciones ambientales, se erige en la especie más competitiva del entorno atlántico. El hayedo es un biotopo, capaz como ningún otro de modificar las condiciones microclimáticas del área en que se asienta.

Su instalación peninsular es posterior a la de las otras especies atlánticas, hace unos tres mil años. Contrariamente a lo habitual, en la comarca se localiza en zonas considerablemente bajas, por debajo de seiscientos metros de altitud, con la excepción, del hayedo de Zamina, en el límite con la cuenca del río Miera, que alcanza cotas por encima de los mil metros.

Se trata de un árbol de entre 20 y 30 metros de porte variado. El tronco suele ser derecho y la corteza de color grisaceo claro. Con frecuencia aparece acodado en la base como resultado de la inestabilidad de las laderas en zonas de fuerte pendiente o por el efecto de las nevadas en sus primeros años de vida. Presenta un sistema radical muy desarrollado y poco profundo con raíces secundarias externas que absorben el agua de los horizontes superficiales del suelo y reciclan los nutrientes de las hojas que lo cubren.

Las hojas son sencillas, finas y de color verde claro. Tienen de ocho a diez pares de nervios y las caracteriza una abundante pelosidad en su edad temprana, que cubre los bordes, favoreciendo la transpiración y evitando los daños de las heladas en la fase de floración, que se produce en la segunda quincena de abril. Los ejemplares adultos se deshacen de la hoja durante medio año, mientras los jóvenes son marcescentes, esto es, mantienen la hoja seca durante el período invernal.

Los frutos, los hayucos, maduran en Septiembre y son muy valorados por la fauna del bosque por su alto valor alimenticio. Son trígonos con paredes resistentes y brillantes y se desprenden cuando la cúpula, erizada, se abre por sus cuatro valvas.

El haya puede soportar inviernos rigurosos, pero al comenzar su período vegetativo es muy sensible a temperaturas extremas. Se adapta a cualquier tipo de suelo, pero tiene ciertas exigencias hídricas, por lo que sólo en valles muy húmedos se dispone en cotas tan bajas como en el Pisueña. Suele orientarse al Este o Nordeste, así ocurre en Aloños, Rasillo o La Zamina, mientras el caso de Esles, orientado al Oeste, resulta menos habitual.

En cuanto a la luz que recibe es muy tolerante, presenta dos tipos de hojas, las de sol, más pequeñas y resistentes, con más nervios, son exteriores y necesitan más luz para realizar la fotosíntesis. Las de sombra, mayores y más finas, pueden funcionar plenamente con un cuarto de la luz disponible un día soleado.

El interior de los hayedos resulta umbrío, la cobertura respecto a la luz es casi total y por ello el sotobosque es muy abierto, sin especies arbustivas y con un estrato herbáceo característico, poco denso, bien adaptado a esas condiciones sombrías, en donde pueden encontrarse algunos helechos o alguna variedad de plantas tóxicas.

Los Encinares
Calcícolas. Los encinares calcícolas son las formaciones boscosas más inesperadas en la comarca. El encinar de Quercus ilex es un bosque típicamente mediterráneo, muy bien adaptado a condiciones edáficas pobres y con escasos requerimientos hídricos. El hecho de que aparezca con frecuencia, especialmente en el municipio de Penagos, tiene que ver con la porosidad del sustrato calcáreo dominante. La infiltración de la escorrentía superficial y del agua de lluvia, hace que las condiciones del suelo, por otra parte apenas desarrollado en estos ambientes calizos, disten mucho de lo habitual. La aridez del suelo, y la templanza térmica de los inviernos, permiten entonces el desarrollo de especies poco habituales en este húmedo ambiente cantábrico y las formaciones tienen, por su carácter relicto, un gran interés. Son encinares basales, muy densos, con gran diversidad de especies en el estrato arbustivo cuando el bosque se aclara y permite una mayor luminosidad, así aparecen endrinos, avellanos (Corylus avellana), laureles o acebuches (Olea europaea).

Los Bosques de Ribera
Los bosques de ribera aparecen como una mancha continua y estrecha de vegetación que acompaña a los cursos fluviales. Las comunidades vegetales se estructuran junto al río en base a dos valores principales, la altitud y la proximidad al cauce. Alisos y sauces se erigen en protagonistas principales de estos ambientes en la comarca, algo característico en todo el ámbito cantábrico. Los sauces (Salix sppl) suelen ser dominantes allí donde el curso no está muy estabilizado o el régimen fluvial es más irregular. Colonizan las llanuras de inundación e incluso las gravas fluviales, y son más frecuentes en taludes bien hidratados, o en linderos próximos al río, pero siempre en zonas abiertas, pues no soportan bien condiciones umbrías.

El aliso (Alnus glutinosa), aparece en todas las riberas, se adapta a la perfección a suelos bien desarrollados y encharcables, y tiene un porte mayor, que supera con frecuencia los veinte metros de altura. Al contrario que el sauce, genera situaciones especialmente umbrías evitando con ello la presencia próxima de arbustos o árboles de menor porte.

Además, una variada relación de especies acompañan a ambos, son los fresnos, castaños, avellanos, plátanos, robles, tilos, arces, espinos u olmos que mantienen el equilibrio del ecosistema fluvial. La singularidad ambiental del espacio ribereño procede por un lado de la mayor disponibilidad hídrica, pues el nivel freático está más próximo a la superficie, y por otro de la atenuación térmica que supone en verano el consumo de energía por parte de los árboles, que es mayor del habitual al tener más agua disponible.

Los bosques de galería mejor conservados de la comarca son los que acompañan al Pisueña aguas arriba de Selaya, al río de Hormillas en Bustantegua, al río de Rubionzo en todo su recorrido, al río Llerana entre Saro y Coterillo, al río Junquera desde el hayal de Aloños hasta Santibáñez, al río Suscuaja en cabecera, al arroyo Benavieja en Llanos o al río de Argomilla hasta su llegada al pueblo.

Los Abedules
Resultaría cuando menos atrevido citar la presencia de abedulares (Betula alba) en la comarca, pues no aparecen como formación boscosa desarrollada, pero si es digna de mención su proliferación al modo de pequeñas agrupaciones de unos pocos ejemplares en los municipios de Selaya y Villacarriedo, concretamente entre Tezanos y el cordal del Puerto de La Braguía. Se trata de árboles de entre diez y quince metros de altura, que presentan como característica más emblemática el color blanquecino o plateado de la corteza. Sus hojas son pequeñas, de forma elíptica y dentada.

Las Praderas
Las praderas naturales constituyen la comunidad vegetal más arraigada con las formas de explotación económica de la comarca. Ocupan todo el espacio vegetal no forestado definiendo el aspecto paisajístico del valle. Por debajo de los seiscientos metros, predominan las praderas de siega para el ganado bovino, caracterizadas por la presencia de especies nutritivas para el ganado, gramas, tréboles o llantenes, plantas herbáceas siempre verdes que mantienen viva durante el período invernal su densa y perenne red radicular, formando una tupida superficie al llegar el período vegetativo.

Una finca produce anualmente tres cortes, en el caso de las localizadas en las riberas o a media ladera, el retoño primaveral, la hierba sanjuaniega que sirve para alimentar al ganado en el invierno, y la otoñá. Las fincas de altura o branizas, sólo dan dos cortes, al quedar excluida la pación de primavera.

Aún cabe hablar de otro tipo de pastizales, las extensas laderas herbosas que ocupan zonas más elevadas o de mayor pendiente. Se dedican al pasto del ganado lanar y se caracterizan por una vegetación vivaz, en la que abundan los matorrales y las plantas espinosas, con especial dominancia de tojos y brezos.




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Paisaje agrario típico de la pasieguería. Pisueña. Selaya.

 

 



Robledal de Todos. Valvanuz. Selaya.

 

 

 

 



Eucaliptal en el Monte Carceña. Castañeda.

 


Los usos tradicionales del monte

El territorio es el soporte de la actividad económica en el medio rural, y el bosque es el principal recurso económico de que han dispuesto los habitantes de esta región a lo largo de su historia. La extracción de leña, de madera para la construcción de casas, muebles, herramientas y aperos; el pastoreo, y la roza, práctica por la que se rotura el bosque para habilitar terrenos de cultivo o de pasto, eran formas tradicionales de aprovechamiento forestal. Llegada la economía industrial, desde el s. XVII en adelante, se utilizó el bosque de forma exhaustiva para la extracción de carbón de leña que alimentara el fuego de ferrerías y fundiciones de metal, y también para abastecer de la mejor madera a la construcción naval.

En la edad media, hasta el s. X las zonas altas pasiegas sólo veían actividad durante el verano, cuando la nieve dejaba libres los pasos, y los pastores traían los ganados de las Merindades de Castilla. Pero a partir de esa fecha, empiezan a establecerse los pasiegos de forma continuada y con ellos su ganado. Disponen para su uso de amplios terrenos de praderas naturales, y extensos montes de los que harán un aprovechamiento selectivo en función de sus necesidades. Para alimentar el ganado que permanece estabulado todo el año, necesitan grandes extensiones de prados de siega que consiguen a partir de la roturación del monte.

No en todos los casos el bosque se ha convertido en praderas. En ocasiones, el ganado menor ha hecho uso de robledales y hayedos como espacios de pasto, alimentándose de brotes jóvenes y de los nutritivos frutos de árboles y arbustos. Muy probablemente la conservación de bosques próximos a los pueblos se debe al uso que la ganadería hacía de ellos. Se habilitaron seles para el ganado mayor, espacios delimitados artificialmente para que los rumiantes sestearan en lugares seguros y bien localizados.

El aprovechamiento del bosque se hacía de forma comunitaria, y estaba regulado por el concejo, es decir por el conjunto de los vecinos. Quedan montes en la actualidad, como el robledal de Todos de Valvanuz, cuya denominación muestra bien a las claras el carácter compartido de la propiedad.

Mediado el s. XVIII, el incremento de la población coincide con un conjunto de restricciones al uso de los productos forestales. Estas limitaciones se producen cuando los astilleros cantábricos llevan siglos trabajando y la intensidad de la extracción ha alcanzado niveles muy altos. Piénsese que en el s. XVI, el Real Astillero de Guarnizo, llegó a ser usufructuario casi exclusivo de la madera de los montes de la zona central de Cantabria. Se usaban los robles más rectos para los mástiles de las embarcaciones, otros menores para construir casco y cuadernas; olmos y fresnos se destinaban a la obra interior, las hayas para la fabricación de los remos, etc. Y los árboles que se despreciaban para la construcción, se cortaban para facilitar la extracción de los principales, y se hacían leña.

En el primer tercio del s. XVII, la actividad del Astillero de Guarnizo decayó bruscamente, aunque las consecuencias positivas para el bosque que podrían haberse derivado de este hecho quedaron contrarrestadas por la instalación de las fábricas de cañones de Liérganes y La Cavada, que se fijaron en estas poblaciones, sólo para situarse al pie de los frondosos bosques de la montaña cantábrica.

A lo largo del s. XIX, cerradas las Reales Fábricas, los montes de aprovechamiento comunal y del concejo fueron cambiando de titularidad hacia manos privadas, a la vez que la situación favoreció la apropiación particular de terrenos incultos. Progresivamente, la práctica de los pasiegos de cercar fincas y pratificar espacios de monte mediante la roza o el incendio se va extendiendo hacia zonas más bajas. Son años en los que se ve favorecida la expansión de la cabaña ganadera. Se llega así al estado actual del bosque, que se atrinchera en los escasos espacios que le dejan libres pradería y cultivos forestales.

En la comarca hay dos espacios dedicados con intensidad a los cultivos forestales, que son el grupo de montes Caballar, y el monte Carceña. En el primero se alternan las parcelas de pino, Pinus radiata, con las de eucalipto Eucaliptus globulus, mientras que en el segundo está presente casi exclusivamente éste último. El eucalipto se introdujo en Cantabria en los últimos años del siglo pasado. Pronto se reveló como una especie altamente productiva cuando ocupaba parcelas por debajo de los 400 mertros de altitud. Ya en este siglo, la fabricación de celulosa y pasta de papel, encontró una magnífica materia prima en esta especie, que pronto extendió su cultivo por toda la región.

 


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